Esta pieza nace de una sola silueta que se despliega como un espejo de papel, multiplicándose en cuatro versiones de una misma mujer. No son cuatro personajes distintos: son cuatro estados de una misma conciencia, cuatro puertas de la misma casa interior.

Cada una lleva en la frente el símbolo de lo que custodia, y en las manos el gesto —el mudra— que lo activa.

La primera es la de las estrellas: un ojo abierto en el entrecejo, amapolas rojas trepando por sus brazos, y en sus dedos, pequeños ojos que miran en todas direcciones a la vez. Es la que ve sin necesidad de luz.

La segunda es la de la intuición: una luna creciente sobre su piel, un cielo de estrellas tejido en su cabello, peonías que se abren sobre sus manos cruzadas. Es la que sabe antes de entender.

La tercera es la de los secretos: una cerradura marca su tercer ojo, las manos unidas en oración sostienen lotos y llaves doradas. Es la que guarda y, cuando es momento, abre.

La cuarta es la alquímica: los ojos velados por una banda de flores, un círculo —uróboro, ciclo, eternidad— sobre el pecho, las manos formando un triángulo sobre la cabeza, signo de transformación. Es la que ya no necesita ver con los ojos del cuerpo, porque transmuta con otro sentido.

Juntas, las cuatro forman un solo gesto desplegado en el tiempo: ver, sentir, guardar, transformar. Una mujer que se pliega y despliega sobre sí misma, cortada a mano, hilo por hilo de papel, como quien abre su propia historia para volver a leerla.

 

Acordeón de sí misma | Proceso de creación en papel cortado a mano

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